AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO.
Por: Julio Cesar Garcia Mazara, MA
Existe una gran paradoja en la era de la hiperconectividad: el ruido constante nos ha dejado sordos y el exceso de pantallas nos ha cegado. Creemos que vivir de prisa es sinónimo de estar despiertos, pero bajo el frenesí de las notificaciones se oculta un letargo generalizado. La realidad es que nos hemos convertido en una sociedad tsé-tsé; una comunidad global que, devorada por su propia inercia, sufre una profunda y silenciosa «enfermedad del sueño» social.
La metáfora no es exagerada. La mosca tsé-tsé no te duerme con un golpe violento, sino con una picadura sutil que inocula el letargo de forma progresiva. Hoy, los vectores de esa picadura no tienen alas, sino pantallas y algoritmos. La sociedad actual está siendo anestesiada no por la falta de estímulos, sino por el exceso de ellos. Nos bombardean con tanta información, tanto escándalo minuto a minuto y tanta urgencia prefabricada, que hemos desarrollado una alarmante tolerancia a la injusticia y a la mediocridad. Nos indignamos por Twitter durante dos horas y, al día siguiente, el sueño regresa.
Esta desconexión voluntaria —este letargo colectivo— es el caldo de cultivo perfecto para el retroceso democrático y cultural. Una sociedad adormecida es una sociedad que no cuestiona por qué la vivienda es inaccesible, por qué la salud mental está colapsando o por qué el debate público se ha reducido a un meme de mal gusto. Preferimos el refugio del entretenimiento sedante, el consumo rápido y el aislamiento individual antes que el esfuerzo que requiere pensar de forma crítica y organizarse colectivamente. Es más cómodo cerrar los ojos y dejarse llevar por el zumbido.
Lo preocupante es que el sueño de la sociedad tsé-tsé no es pacífico; es un estado de apatía irritable. Nos molesta todo, pero no cambiamos nada. Criticamos el sistema desde el sofá, atrapados en un bucle donde la queja sustituye a la acción. Nos hemos vuelto inmunes al asombro y, lo que es peor, inmunes a la empatía. El dolor ajeno o las crisis globales se convierten en mero contenido de fondo mientras seguimos deslizando el dedo por la pantalla.
Despertar de la tripanosomiasis social no es fácil porque el entorno está diseñado para mantenernos en cama. Requiere «higiene mental»: aprender a apagar el ruido, a rechazar la indignación prefabricada de diseño y a recuperar la atención pálida sobre las cosas que de verdad importan.
Si la sociedad civil no sacude el letargo y ahuyenta a las moscas que nos inoculan la complacencia, correremos el riesgo de despertar demasiado tarde. Específicamente, cuando descubramos que, mientras dormíamos plácidamente, nos cambiaron las reglas del juego por completo.


