El que no se dobla se dobló

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Articulo / Agenda Oriental.-

La renuncia del senador Antonio Taveras Guzmán al Partido Revolucionario Moderno no debe verse únicamente como un episodio político individual. Más allá del impacto mediático o de las razones personales que puedan motivarla, este hecho deja una lección profunda que obliga al partido oficialista a mirarse hacia adentro y evaluar el rumbo que ha tomado en la construcción de sus candidaturas.

“El que no se dobla se dobló” no es solo una frase con carga simbólica. Es el reflejo de una realidad política que se repite cuando los proyectos electorales se construyen sobre figuras coyunturales, sin raíces partidarias reales, sin historia de lucha y sin compromiso orgánico con la estructura que los lleva al poder.

Durante años, el PRM creció gracias al sacrificio de miles de dirigentes de base, hombres y mujeres que enfrentaron derrotas, persecuciones políticas y largos años en oposición defendiendo una visión partidaria. Sin embargo, con la llegada al poder, el partido abrió sus puertas a sectores externos, empresarios, figuras independientes y dirigentes provenientes de otras organizaciones, muchos de los cuales recibieron candidaturas importantes desplazando a militantes históricos que habían construido el partido desde abajo.

La salida de Antonio Taveras vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿hasta qué punto puede fortalecerse un partido cuando entrega posiciones estratégicas a personas que nunca desarrollaron identidad política con su organización?

En la provincia Santo Domingo, muchos dirigentes y comunitarios comentaban desde hace tiempo que el senador se había distanciado de las bases que lo llevaron a ocupar la curul que hoy ostenta. El contacto permanente con la dirigencia media, con los presidentes de zonas, con los líderes comunitarios y con la militancia que defendió su candidatura en las calles se fue debilitando progresivamente hasta convertirse en una desconexión evidente.

Y ahí radica otra reflexión importante: ningún proyecto político llega solo al poder. Las posiciones electivas no son conquistas individuales; son el resultado del trabajo de una maquinaria política, de una estructura territorial y de una militancia que toca puertas, moviliza votantes y defiende candidaturas aún en los momentos más difíciles.

Por eso, muchos entienden que, si ya no cree en el partido ni en la organización que lo llevó al Senado, lo correcto sería entregar esa posición al partido que hizo posible su llegada. Porque sin la estructura del PRM, sin el respaldo de sus dirigentes y sin la fuerza electoral construida por la organización en la provincia Santo Domingo, difícilmente habría alcanzado una posición de esa magnitud.

No se trata de negar la importancia de sumar talentos externos ni de cerrar las puertas a nuevas figuras. La política moderna exige apertura. Pero una cosa es integrar y otra muy distinta es sustituir la esencia partidaria por candidaturas construidas únicamente sobre posicionamiento económico, mediático o circunstancial.

Los partidos no se sostienen solamente con popularidad momentánea. Se sostienen con lealtad, compromiso y sentido de pertenencia. Y cuando llega el momento de las diferencias internas, es precisamente ahí donde se descubre quién tiene convicciones partidarias y quién simplemente utilizó la estructura como un vehículo temporal.

La reflexión que debe hacerse el PRM es profunda y urgente. Porque cada vez que un dirigente auténtico es desplazado para favorecer a alguien sin trayectoria partidaria, se envía un mensaje peligroso a la militancia: que el sacrificio, la permanencia y la fidelidad valen menos que la conveniencia electoral del momento.

Hoy más que nunca, el partido de gobierno necesita reencontrarse con su base, fortalecer sus estructuras y valorar a quienes han sostenido el proyecto político en los momentos difíciles. La estabilidad de una organización no depende únicamente del poder que ostenta, sino de la cohesión interna que conserva.

La política dominicana ha demostrado una y otra vez que muchos llegan por conveniencia, pero pocos permanecen por convicción.

Y cuando eso ocurre, termina pasando lo inevitable: el que decía que no se doblaba… se dobló.