OpiniónCuarenta y seis años después: cuando la permanencia desafía a la democracia

Cuarenta y seis años después: cuando la permanencia desafía a la democracia

AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. 

Por: Julio César García Mazara

Analista social, experto en proyectos y especialista en geopolítica

Hay una pregunta que toda democracia debería hacerse con honestidad: ¿cuánto tiempo puede permanecer una persona en el poder antes de que la continuidad deje de ser una decisión libre de los ciudadanos y se convierta en una característica del sistema político?

El 3 de agosto, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo cumplió 46 años al frente de Guinea Ecuatorial. Llegó al poder en 1979 mediante un golpe de Estado contra su tío, Francisco Macías Nguema, prometiendo un nuevo comienzo para un país marcado por el autoritarismo. Sin embargo, casi medio siglo después, su permanencia ha convertido a Guinea Ecuatorial en uno de los ejemplos más emblemáticos de los desafíos que plantea la concentración prolongada del poder.

Resulta difícil ignorar un dato que se repite elección tras elección: victorias con más del 93 % de los votos. En teoría, cifras de esa magnitud podrían interpretarse como un respaldo extraordinario. En la práctica, cuando organismos internacionales, observadores electorales y organizaciones de derechos humanos han cuestionado durante años las condiciones en que se desarrollan esos procesos, es razonable preguntarse si esos resultados reflejan plenamente la voluntad libre del electorado.

La democracia no se mide únicamente por la existencia de elecciones. También exige competencia política efectiva, libertad de prensa, respeto por la oposición, independencia judicial y garantías para que los ciudadanos puedan expresar sus preferencias sin miedo. Cuando estos elementos son objeto de cuestionamientos persistentes, la legitimidad democrática enfrenta un escrutinio inevitable.

Existe, además, una paradoja que merece atención. Guinea Ecuatorial es un país con importantes recursos petroleros, pero una parte significativa de su población continúa enfrentando desigualdades y limitaciones en el acceso a oportunidades. La riqueza de una nación no debería medirse por el tamaño de sus reservas naturales, sino por la calidad de vida de quienes la habitan. El crecimiento económico pierde sentido cuando no se traduce en desarrollo humano.

Tampoco puede pasarse por alto que diversas investigaciones internacionales han involucrado a miembros del entorno familiar del presidente en presuntos casos de corrupción. Corresponde a las autoridades competentes determinar responsabilidades conforme al debido proceso, pero estos señalamientos recuerdan la importancia de contar con instituciones capaces de investigar con independencia y de exigir rendición de cuentas, sin importar el poder o la influencia de los involucrados.

La historia demuestra que ningún liderazgo, por fuerte que parezca, es más importante que las instituciones. Los países que logran estabilidad y progreso sostenible son aquellos donde las reglas prevalecen sobre las personas, donde el poder tiene límites y donde la alternancia política es una posibilidad real, no una excepción remota.

El debate sobre Guinea Ecuatorial trasciende sus fronteras. Es una reflexión que interpela a todas las sociedades. La concentración prolongada del poder, cualquiera que sea el país, exige vigilancia ciudadana, instituciones sólidas y un compromiso permanente con los principios democráticos. Porque cuando el tiempo se convierte en el principal argumento para gobernar, la democracia deja de fortalecerse y comienza a depender de la permanencia de un solo liderazgo.

 


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