AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO.
Por Ramón Peralta
La pérdida más grande de tiempo y recursos de un precandidato presidencial es dedicar la mayor parte de su esfuerzo a construir estructura dentro de su partido como si tener más dirigentes garantizara automáticamente ganar una elección interna.
Esa lógica pertenece a una época en la que los dirigentes eran casi los únicos intermediarios entre el candidato y los electores. Hoy las cosas son diferentes. La digitalización de la información permite que un político pueda llegar directamente a millones de ciudadanos sin pasar primero por la estructura partidaria.
Por eso, mientras algunos precandidatos recorren el país buscando presidentes de intermedios, zonales y comités de base, otros pueden comerle los caramelos a los que tienen estructuras, construyendo una imagen en la mente de los ciudadanos.
Un precandidato puede pasar dos años visitando dirigentes convencido de que está edificando una candidatura porque tiene miles de personas comprometidas con su proyecto. Pero existe un problema que muchas veces se descubre demasiado tarde: que esos dirigentes también necesitan tener una respuesta cuando los militantes les preguntan quién puede ganar.
Un dirigente puede comprometerse con un candidato, pero no posee los votos de sus seguidores como quien posee una propiedad. Cuando se acerca el momento de votar, cada militante comienza a calcular sus propias posibilidades y las posibilidades del candidato que apoya.
Por eso puede ocurrir algo que parece contradictorio: que el precandidato que pasó dos años construyendo estructura puede terminar siendo desplazado por otro que dedicó menos tiempo a los dirigentes. No porque la estructura haya dejado de importar, sino porque el segundo consiguió algo que el primero no consiguió, que fue convertirse en una opción reconocible para la sociedad.
Cuando eso ocurre, la estructura puede comenzar a desplazarse hacia quien es percibido como capaz de convertir el voto interno en una candidatura competitiva hacia afuera.
En la política dominicana, marcada además por el transfuguismo y por la movilidad de dirigentes entre grupos y organizaciones, existe una variable que no puede ignorarse: que la lealtad es una vela frágil que se mueve hacia donde va el olor a poder.
La historia reciente ofrece un ejemplo revelador. En 2011, el 90 % de senadores y miembro del comité político del PLD juraban lealtad eterna al presidente Leonel Fernández y un año más tarde esa lealtad era para Danilo Medina
Un dirigente puede ser leal a un líder, pero también necesita preguntarse qué líder tiene posibilidades de conducir al partido hacia una nueva victoria. Cuando esa percepción cambia, las estructuras también pueden cambiar.
Por eso me atrevo a decir que la principal lealtad de un político puede terminar siendo la lealtad al poder.
Las lealtades históricas existen. Pero también existe el cálculo de la viabilidad. Y ahí aparece una de las variables más importantes de la política contemporánea, que es la percepción de competitividad.
Los dirigentes no solamente quieren saber quién tiene estructura. También quieren saber quién puede ganar.
Las mediciones publicadas durante 2026 muestran, además, que el reconocimiento de determinadas figuras puede ser considerablemente mayor que la fuerza que podría inferirse simplemente observando las estructuras partidarias. Una encuesta Gallup-Diario Libre publicada en mayo colocó a Collado con 61.8 % entre los simpatizantes del PRM frente a 21.1 % para Carolina Mejía en una pregunta sobre una eventual candidatura presidencial. Otra medición de ACD Media publicada en julio registró a Collado con 54.2 % entre los simpatizantes perremeístas.
David no tiene la estructura de Carolina; sin embargo, el posicionamiento externo lo coloca como el favorito para ganar las elecciones internas, aunque sea cerrada con un candado alemán.
Francisco Javier García se ha pasado los últimos dos años visitando dirigentes y armando estructuras con una disciplina férrea. Y mire usted las ironías de la política que, con el cadáver aún fresco de la derrota de su organización, salió a trillar caminos buscando votos orgánicos, y en un abrir y cerrar de ojos está a un mes de perder la contienda interna frente a Gonzalo, quien solo con decir una frase de tres palabras le quitó su posición de favorito. Perderá porque la militancia del PLD hoy calcula frío y quiere un candidato que sume los votos suficientes para que un tercer lugar adquiera peso estratégico en una segunda vuelta, permitiendo decidir al ganador y retornar como aliado a la miel del poder. El único reducto donde Francisco Javier mantiene oxígeno político real es en Santo Domingo Este, donde los votos que reciba irán dirigidos a apuntalar su ficha de mayor perfil de ese partido, para la alcaldía de ese municipio.
Ahí aparece nuevamente la importancia de trabajar hacia afuera.
Un candidato puede tener una estructura respetable dentro de su organización y, sin embargo, ser desconocido fuera de ella. Otro puede comenzar con menos dirigentes, pero desarrollar una presencia pública capaz de generar reconocimiento, conversación y percepción de competitividad.
Cuando crece la percepción de quién es el precandidato que las encuestas favorecen, la estructura comienza a buscar al candidato, en lugar de que el candidato tenga que buscar permanentemente a la estructura.
La política moderna no eliminó la estructura. La transformó. Antes, el candidato necesitaba la estructura para llegar al elector. Ahora puede llegar primero al elector y utilizar ese reconocimiento para construir estructura.
Esto tiene consecuencias también para los aspirantes a alcaldes y senadores.
Una fotografía rodeado de dirigentes demuestra que existen relaciones políticas. Una imagen junto a un ciudadano común, acompañada de una historia capaz de conectar con miles de personas, demuestra que existe una relación social que trasciende al partido.
Si todos los candidatos visitan dirigentes, visitar dirigentes deja de ser una diferencia. Si todos organizan reuniones, las reuniones dejan de diferenciarse.
Si todos publican fotografías con figuras del partido, esas fotografías pierden valor estratégico.
La diferencia aparece cuando un candidato encuentra un territorio político que sus competidores todavía no están ocupando.
Puede ser una causa, una historia personal, una forma distinta de comunicarse, una relación con determinados sectores sociales o una presencia pública capaz de convertir una preocupación ciudadana en una bandera política.
En una campaña, hacer lo mismo que los demás es una manera muy segura de perder el tiempo y parecerse a los demás.
Esto tampoco significa abandonar la estructura. Significa entender que la estructura puede ser una consecuencia del posicionamiento público y no necesariamente su punto de partida.
Un candidato que aumenta su conocimiento, mejora su percepción y comienza a ser considerado competitivo tiene algo que puede mostrarle a la dirección de su partido que ningún listado de dirigentes puede demostrar por sí solo; lo importante es que en esa figura exista una demanda electoral potencial.
La campaña más cara y menos productiva puede ser aquella en la que dos precandidatos gastan millones de pesos tratando de demostrar cuál tiene más dirigentes, mientras ninguno se pregunta cuántos ciudadanos fuera del partido conocen realmente su nombre.
Naturalmente, no todos los candidatos deben aplicar la misma fórmula. En las candidaturas a diputados y regidores, particularmente en territorios donde la organización partidaria y el contacto directo tienen un peso importante, la estructura continuará siendo lo más importante.
Pero una candidatura presidencial o una alcaldía de una gran ciudad necesita algo adicional. Necesita convertirse en una conversación social.
La verdadera transformación de la política contemporánea no consiste en que la estructura haya desaparecido. Consiste en que el poder de la estructura puede depender cada vez más de la percepción que exista sobre el candidato que pretende conducirla.
Por eso, la pregunta ya no debería ser solamente:
¿Cuántos dirigentes tengo?
Ahora debería ser: ¿Cuántos ciudadanos me conocen, qué percepción tienen de mí y cuántos creen que puedo ganar?
Porque cuando esa percepción cambia, también puede cambiar el comportamiento de quienes están dentro del partido.
De ahí nace mi hipótesis de que el poder interno se conquista afuera. No porque la estructura no importe, sino porque los dirigentes también quieren saber qué candidato tiene una posibilidad real de conectar con la sociedad.
Los datos y la investigación que sustentan esta propuesta forman parte de un trabajo más amplio que desarrollaré en un libro previsto para el primer trimestre de 2027.
Mientras llega ese libro, todo precandidato puede hacerse una pregunta.
¿Estoy construyendo una estructura para competir en una elección o estoy construyendo un candidato capaz de hacer que la estructura quiera seguirlo hacia la victoria?
La diferencia parece pequeña.
En una elección interna puede ser enorme.
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