AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. En el mundo de hoy quedan cada vez menos espacios para la improvisación. La imaginación, que antes llenaba los vacíos de información, ha sido desplazada por una realidad donde casi todo está expuesto, medido y registrado. Sin caer en dramatismos, hemos llegado a un punto donde incluso pareciera posible anticipar el pensamiento humano.
La irrupción de la inteligencia artificial y el análisis masivo de datos ha transformado la manera en que entendemos la realidad. Hoy es posible proyectar, con un alto grado de precisión, comportamientos en ámbitos tan diversos como la administración pública, la política, la economía, la educación y prácticamente todas las áreas técnicas. Ya no se trata solo de interpretar el presente, sino de prever el futuro inmediato.
En ese contexto, la incoherencia se ha vuelto un lujo que ningún actor político puede permitirse. Cada declaración queda registrada, cada postura es contrastable y cada giro discursivo es fácilmente detectable. Sin embargo, aún existen quienes actúan como si el tiempo no dejara huellas, diciendo una cosa hoy y sosteniendo otra mañana, desconectados de una realidad donde la memoria colectiva es cada vez más precisa y menos indulgente.
La política contemporánea exige consistencia. Exige que el discurso y la acción caminen en la misma dirección. Porque en una era donde todo queda documentado, la coherencia deja de ser una virtud deseable para convertirse en una condición indispensable.
En el caso del presidente Luis Abinader, su gestión ha estado marcada por una línea discursiva que, más allá de las críticas, ha mantenido un hilo conductor claro desde el inicio de su mandato. Hasta el momento, no se ha desdicho en aspectos fundamentales de su visión de gobierno.
Algunos sectores han interpretado su estilo como una señal de debilidad, especialmente por no recurrir a la imposición como herramienta de poder. Sin embargo, esta lectura ignora un elemento clave: se trata de una práctica poco común en la tradición política dominicana. Durante décadas, se consolidó en el imaginario colectivo la idea de un presidente todopoderoso, capaz de incidir de manera directa en todos los ámbitos de la vida nacional.
Lo que estamos presenciando es, en realidad, un proceso de desmontaje de ese mito. Un tránsito hacia una concepción más institucional del poder, donde las decisiones no dependen exclusivamente de la voluntad de una sola figura, sino del funcionamiento de estructuras más amplias.
Quizás hemos tenido que llegar a este punto histórico para entenderlo. Para comprender que la coherencia no es debilidad, sino una forma de ejercer el poder con límites, con reglas y con respeto a la institucionalidad.
Porque al final, en política como en la vida, la coherencia sigue siendo coherencia. Y en estos tiempos, más que nunca, es lo único que realmente permanece.


