Todo para una sola casa: Domingo Batista aspira a la Presidencia del Partido y su esposa Dellys Feliz a la Secretaría General, ¡qué relajo!

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Santo Domingo Esté, Agenda Oriental: En la política dominicana, donde la confianza ciudadana ya enfrenta importantes desafíos, surgen casos que invitan a la reflexión sobre los límites entre el legítimo derecho a aspirar y la concentración de poder en círculos reducidos. El caso de la pareja conformada por Domingo Batista, aspirante a la Presidencia del PRM, y su esposa, la diputada Dellys Feliz, quien busca la Secretaría General del partido en Santo Domingo Este, es uno de esos ejemplos que no pasan desapercibidos.

A simple vista, ambos ejercen un derecho democrático incuestionable: participar, aspirar y someterse al escrutinio de las bases. Sin embargo, cuando dos figuras con vínculos familiares directos buscan simultáneamente posiciones de alto nivel dentro de una misma organización política, la discusión deja de ser meramente legal para convertirse en un tema ético y de percepción pública.

¿Puede interpretarse esto como una muestra de compromiso político familiar o como un intento de consolidar poder dentro de una misma estructura? La respuesta no es sencilla, pero sí necesaria. En sociedades donde el clientelismo y el patrimonialismo han sido históricamente señalados como prácticas dañinas, este tipo de dinámicas puede alimentar la desconfianza ciudadana y reforzar la idea de que la política sigue siendo un espacio cerrado.

El Partido Revolucionario Moderno (PRM), que llegó al poder con un discurso de cambio y transparencia, enfrenta el reto de demostrar coherencia entre sus principios y las prácticas internas de sus dirigentes. Casos como este ponen a prueba no solo sus mecanismos democráticos, sino también su compromiso con la equidad de oportunidades dentro de la organización.

No se trata de cuestionar las capacidades individuales de los aspirantes, sino de abrir el debate sobre la conveniencia de que una misma familia concentre espacios de poder político de manera simultánea. La política moderna exige no solo legalidad, sino también legitimidad ética y confianza pública.

Al final, la decisión recaerá en las bases del partido y en la percepción de la ciudadanía. Pero la pregunta queda sobre la mesa: ¿es esto una muestra de participación democrática o un reflejo de una cultura política que aún no termina de renovarse?

Porque en política, como en la vida pública en general, no basta con que algo sea posible; también debe parecer correcto.