AGENDA ORIENTAL. El cineasta y fan número uno de los Knicks vive su hora más dulce tras años de lealtad incondicional.
Spike Lee, el icónico director de cine y socio de butaca número uno del Madison Square Garden, está viviendo su primavera soñada. No es por un estreno en Hollywood, sino por lo que ocurre en la duela: sus queridos New York Knicks vuelven a competir al más alto nivel.
Durante más de 30 años, Lee ha sido el símbolo de la fidelidad absoluta. Desde los días de Patrick Ewing, pasando por los años oscuros de traspasos fallidos y récords negativos, hasta los fugaces destellos de Linsanity, Spike nunca faltó a su cita junto a la mesa de anotadores. Ni las derrotas dolorosas, ni las críticas, ni siquiera las expulsiones legendarias como aquella vez que fue sacado por el árbitro tras una acalorada discusión lograron moverlo de su asiento.

“En las buenas y en las malas”, repite a menudo el director. Y ahora, en las buenas, su presencia se siente más vibrante que nunca.
Con una nueva generación liderada por Jalen Brunson, Julius Randle y un equipo con identidad defensiva, los Knicks han recuperado el respeto en la NBA. Las victorias en el Garden vuelven a hacer temblar el parqué, y Spike Lee, con su clásica gorra de los Knicks y su bufanda al cuello, celebra cada canasta como si fuera la última escena de una película perfecta.
Hay quienes cambian de equipo como de camiseta. Nosotros no”, declaró Lee en una reciente entrevista. Los Knicks son familia. Sangre. Los vi caer, pero nunca dejé de creer. Este momento lo soñé durante las madrugadas más frías. Y ahora lo estoy viviendo”.

La historia de Spike Lee y los Knicks trasciende el deporte. Es una lección de lealtad, una historia de amor entre un artista y su ciudad. Mientras el Garden ruge noche tras noche, el director neoyorquino se prepara para lo que podría ser el guion más emocionante de todos: ver a su equipo levantar el Larry O’Brien Trophy.



