AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. En política, cuando la desconfianza se instala, no hay cargo que la maquille. Y lo que rodea hoy a Magín Díaz no es precisamente un clima de respaldo, sino de sospecha, incomodidad y rechazo abierto dentro de los propios círculos de poder. Por eso la frase cae por su propio peso: si se respetara, ya habría renunciado.
Un audio que circula —y que ha sido dado por auténtico en distintos espacios— coloca a Díaz en el centro de una situación sumamente delicada: habría intentado acceder a información confidencial saltándose los protocolos institucionales. Más allá de tecnicismos, el hecho de que una funcionaria se negara a entregar su contraseña y defendiera los procedimientos internos no solo la retrata a ella con firmeza; deja en el aire una pregunta inquietante sobre el comportamiento de quien buscaba ese acceso.
Aquí no se trata de linchamiento mediático ni de juicios sumarios. Se trata de algo más básico: el respeto a las normas. Las instituciones que manejan datos sensibles no pueden funcionar a base de llamadas, presiones o “resuélveme eso”. Cuando un funcionario —sea quien sea— intenta atajos, el problema no es administrativo: es ético.
Y lo más revelador no es solo el episodio en sí, sino la reacción que ha generado. En los pasillos del poder se comenta en voz baja, pero con claridad: Magín Díaz no cuenta con confianza. No lo quieren. No lo respaldan. Lo toleran. Y en política, ser tolerado es estar de salida.
Porque cuando un funcionario se convierte en un factor de ruido, cuando su nombre provoca incomodidad y dudas sobre transparencia, la permanencia deja de ser un derecho y pasa a ser un obstáculo. Más aún en un gobierno que ha hecho de la institucionalidad y la corrección de procesos una de sus banderas públicas.
La funcionaria que se negó a entregar su contraseña hizo lo que corresponde en un Estado que dice querer orden: defender el procedimiento por encima de jerarquías o presiones. Esa es la conducta que debería marcar la línea. Todo lo demás es retroceso.
Desde Comentarios Picantes lo decimos sin azúcar: si Magín Díaz tiene sentido de responsabilidad, debería dar un paso al costado. No por un audio, no por un escándalo, sino porque cuando un funcionario pierde la confianza del entorno institucional, ya no gobierna: estorba.
Y en un país que exige transparencia, atajos como esos —reales o percibidos— no se explican… se pagan políticamente.
