AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO.
Por: Julio Cesar Garcia Mazara
Desde la antigüedad, los fariseos han sido símbolo de una moral proclamada, pero no practicada. Hoy, ese concepto vuelve a cobrar vigencia en la política dominicana, donde sectores de la oposición han optado por la hipocresía antes que por la propuesta.
Los fariseos surgieron en Judea alrededor del siglo II antes de Cristo (aprox. 150 a. C.) como un movimiento religioso que decía defender la ley y la pureza moral. Sin embargo, hacia el siglo I d. C., la historia los retrata como intérpretes selectivos de la norma: rigurosos con los demás, indulgentes consigo mismos. Predicaban rectitud mientras protegían privilegios. Su legado no fue la ética, sino la contradicción.
Ese comportamiento no pertenece solo a los textos antiguos. En la actualidad política dominicana, el fariseísmo ha reaparecido con nuevo discurso y viejas prácticas.
La oposición dominicana no está ejerciendo un rol democrático responsable; está protagonizando un acto de fariseísmo político sin pudor. Se presenta como defensora de la moral pública mientras arrastra un historial que contradice cada acusación que lanza contra la gestión del presidente Luis Abinader. Predican ética con la boca llena de pasado.
Como los fariseos de la historia, hablan en nombre de la ley, pero la usaron cuando les convenía y la torcieron cuando estorbaba. Exigen transparencia hoy quienes gobernaron ayer bajo la sombra de la opacidad. Reclaman institucionalidad quienes confundieron el Estado con su patrimonio político. Esa es la raíz de su furia: el país dejó de funcionar como antes.
Durante años, cuando la justicia obedecía al poder y el poder no rendía cuentas, no hubo escándalos ni alarmas morales. El silencio era parte del sistema. Hoy, con un Ministerio Público independiente, con exfuncionarios procesados y con un presidente que no interfiere para proteger aliados, los fariseos gritan persecución. No porque exista abuso, sino porque desaparecieron los privilegios.
La gestión de Luis Abinader no solo gobierna: rompió un modelo histórico. Rompió la lógica de que gobernar era sinónimo de blindaje. Rompió la cultura del “eso siempre ha sido así”. Frente a esa ruptura, la oposición no compite con ideas; ataca con hipocresía.
Los fariseos políticos se rasgan las vestiduras por errores administrativos menores, magnifican dificultades inevitables y fabrican crisis donde hay procesos en curso. No buscan corregir; buscan desacreditar. No les interesa el bienestar del país, sino recuperar un pasado donde la ley tenía apellido y la justicia tenía dueño.
Mientras este gobierno enfrentó una pandemia, una crisis económica global y presiones internacionales sin precedentes —manteniendo estabilidad macroeconómica, inversión pública y respeto a las libertades democráticas— la oposición optó por el espectáculo moral. Mucho grito, cero propuestas. Mucha pose ética, ningún proyecto de nación.
El fariseo no propone porque proponer obliga a compararse. Y la comparación los destruye. Por eso evitan hablar de modelos, cifras y resultados. Prefieren el ataque personal, la exageración y la mentira repetida, creyendo que el ruido sustituye la credibilidad.
La democracia dominicana no necesita falsos profetas ni guardianes de una moral que nunca practicaron. Necesita una oposición seria, capaz de asumir su pasado y competir en igualdad de condiciones. Pero mientras la oposición siga atrapada en el fariseísmo político, seguirá siendo eso: un grupo de acusadores sin autoridad moral.
Luis Abinader será juzgado por la historia por haber cambiado las reglas del poder. La oposición, en cambio, corre el riesgo de ser recordada por algo peor: haber tenido la oportunidad de renovarse y haber elegido la hipocresía.
