El equipo que la patria nunca olvidará

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AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. 

Por Ramón Peralta

Todos los dominicanos deben sentirse orgullosos de la entrega patriótica de un grupo de peloteros que arriesgó todo por representar dignamente la bandera tricolor. Sin importar el resultado, son nuestros campeones. No cambiaríamos este equipo que nos representó en 2026 por ninguno de los que lleguen a la final. Incluso si en el futuro ganamos varios Clásicos, difícilmente otro equipo será recordado por su entrega en el terreno como el equipo de la patria en 2026.

Ese equipo perdió de pie, sin arrodillarse ante la potencia beisbolera más grande del planeta. Incluso cayó debido a una decisión arbitral injusta: un lanzamiento que pasó a seis pulgadas de la zona buena fue cantado como strike en el momento más decisivo del juego.

Geraldo Perdomo no será recordado como el villano que se ponchó en su último turno al bate. La patria recordará ese momento como el día en que, jugando para su país, decidió no hacer un swing desesperado a un mal lanzamiento que hubiera podido extender el juego. Sin embargo, el árbitro detrás del plato cantó strike y apagó la esperanza de un país que había puesto su fe en un ejército de peloteros decidido a darlo todo por la patria.

Sabemos también que nuestros muchachos cometieron errores mentales. En el béisbol, intentar llegar a tercera base de forma temeraria con dos outs casi siempre es una mala decisión, porque de cualquier manera se necesita un hit para anotar. Ese tipo de riesgo, muchas veces, no compensa.

El día antes del juego entre Venezuela y República Dominicana, declaré en mis redes sociales que ese era el partido menos importante para nuestro equipo en el Clásico Mundial, y fui duramente criticado por decirlo. Mi análisis se basaba en que el equipo ya estaba clasificado para la siguiente ronda y, si iba a tropezar en algún momento para recordar que también es humano, ese era el único instante en que podía permitírselo.

Los cronistas deportivos dominicanos, motivados por la emoción y la entrega del equipo, muchas veces solo hacían preguntas acompañadas de elogios. En lugar de ayudar, esto podía provocar en algunos jugadores un triunfalismo exagerado y, en otros, una presión adicional, como si los estuvieran viendo como seres celestiales e invencibles. Pero tampoco podemos condenar a nuestros cronistas, ya que la entrega de esos muchachos convertía hasta al profesional más prudente en fanático.

Hasta nuestro gran Pedro Martínez pareció arrogante frente al único periodista que quiso advertir sobre el peligro del triunfalismo en las celebraciones del equipo dominicano. Pero las palabras de Pedro deben interpretarse más bien como el celo protector de un padre orgulloso del trabajo de sus hijos.

A un gran atleta joven y humilde como Junior Caminero se le celebró un exabrupto contra un joven periodista dominicano por una opinión emitida hace un año. En aquel momento muchos lo justificaron, porque nadie quería que una promesa del béisbol dominicano cargara con sentimientos de culpa en medio de una serie importante. Ojalá algún asesor le recuerde a Caminero que pedir disculpas engrandece, porque él es demasiado grande para guardar rencor por una simple opinión.

El maltrato a José Ramírez por no acompañar a la selección dominicana también fue innecesario. No podemos condenar al mejor bateador dominicano por expresar con sinceridad lo que siente.

Durante la participación dominicana en el Clásico, algunos cronistas objetivos que veían fallas en medio de las victorias y deseaban que se corrigieran, prefirieron autocensurarse para no ser llevados al paredón mediático. Tal vez el equipo necesitaba esas voces disidentes que nunca llegaron.

Todas las competencias se parecen a una campaña política: una buena campaña puede fracasar por una mala estrategia. En el béisbol ocurre lo mismo. El mejor equipo puede perder si aplica la estrategia equivocada. En este caso, la estrategia equivocada no fue un mal cambio de lanzador. Fue una narrativa de invencibilidad que generó un triunfalismo tan grande que terminó multiplicando la presión sobre algunos jugadores. Y esa presión, por querer hacerlo todo perfecto, produjo errores mentales en los corridos de bases.

Las expectativas creadas por la prensa deportiva dominicana terminaron convirtiendo una excelente participación de 5-1 en un aparente fracaso, porque la mente del país fue condicionada a pensar en todo o nada.

Nuestra fe en ese equipo fue tan grande que ahora muchos dominicanos no saben dónde meter la cabeza si el martes vemos a la patria de Simón Bolívar enfrentando en la final a la mayor potencia beisbolera del mundo.

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Pero hoy lunes ningún dominicano debe sentirse derrotado. La entrega del equipo dominicano me lleva a cometer el atrevimiento de tomar palabras del Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, pronunciado el 19 de noviembre de 1863. Y lo hago no para apropiarme de las palabras de ese gran presidente, sino porque mi mente no está en capacidad de expresar plenamente lo que simboliza para los dominicanos el gran corazón de este equipo que nos representó.

El pueblo dominicano fue testigo de una entrega que trasciende el diamante. Este artículo podrá borrarse pronto de la memoria de quienes lo lean; tal vez no dure ni siquiera un minuto en la mente del lector, y lo más probable es que menos personas que los dedos de esta mano lleguen a leerlo completo. Pero lo que la historia jamás podrá sepultar es lo que estos hombres, los Plátanos Power del 2026, realizaron en el campo del honor del LoanDepot Park de Miami. Se ganaron el trofeo más grande de todos: el amor eterno del único pueblo que lleva en el centro de su bandera un escudo con la Biblia abierta, símbolo del amor de una nación bendecida por la gracia de Dios. Y hoy, ese mismo pueblo le dice a la tropa dominicana que por siempre serán el equipo del pueblo y para el pueblo.