AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO.
Por: Odesa Juscelina Acosta Pérez
Especialista en educación vial y riesgos generales.
Hablar de educación vial en las escuelas no debería ser una opción, sino una prioridad. En un contexto donde los accidentes de tránsito continúan cobrando vidas y afectando a miles de familias cada año, resulta imprescindible preguntarnos si estamos formando adecuadamente a nuestros niños, niñas y adolescentes para convivir de manera segura y responsable en los espacios públicos.
La inclusión de la educación vial en la malla curricular del nivel secundario en las escuelas y colegios representa una oportunidad real para sembrar, desde edades tempranas, una cultura de respeto, prevención y responsabilidad ciudadana.
La seguridad vial no se limita al acto de conducir; involucra a peatones, ciclistas, pasajeros y, en definitiva, a toda la sociedad. Por ello, su enseñanza debe asumirse como parte integral del proceso educativo.
Incorporar esta materia de manera formal permitiría que los estudiantes comprendan las normas de tránsito, el significado de las señales viales y los derechos y deberes que les corresponden como usuarios de la vía. Pero más allá del conocimiento técnico, la educación vial promueve valores esenciales como el autocuidado, el respeto por la vida ajena y la toma de decisiones responsables, elementos clave para la convivencia social.
La experiencia internacional demuestra que los países que apuestan por la educación vial temprana logran impactos positivos y sostenidos en la conducta ciudadana. Formar futuros conductores y peatones desde las aulas fortalece una conciencia colectiva orientada al cumplimiento de la ley y al uso responsable del espacio público, reduciendo significativamente los niveles de siniestralidad.
Definitivamente, incluir esta asignatura en el currículo escolar no solo es una decisión pedagógica, sino también un acto de responsabilidad social.
Educar en seguridad vial desde las aulas es invertir en vidas, en convivencia y en un futuro más seguro.
