Por Alfredo García
“Las naciones no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes; solo intereses permanentes” — Lord Palmerston.
Donald Trump ha revolucionado la comunicación y la geopolítica desde su irrupción en 2015 como candidato presidencial republicano, a tal punto que se puede considerar como el político de mayor impacto de la década.
En aquel momento, el magnate inmobiliario hizo lo impensable de iniciar un proceso interno electoral con un discurso de barricada que fue descalificado por contrarios y por los mismos afiliados de su partido, al encontrarlo políticamente incorrecto, pero que encontró aquiescencia en una base social de la cual los políticos se habían desconectado por completo.
Trump ha demostrado que no da puntadas sin hilos y que todo lo que ha hecho ha tenido un resultado posterior muy redituable para sí, e incluso ha tenido extraordinarios aciertos disfrazados de errores, que en más de una ocasión han dejado sin palabras a la comunidad internacional, que lo ha vendido como un descontrolado, violento y errático megalómano, sin parar mientes en que ese personaje asumido por Trump responde a una estrategia que le ha permitido ser el tema de conversación central y obligado en todos los medios por más de 10 años.
Su estrategia de comunicación ha logrado que siempre se esté hablando de él, ya sea para bien o para mal, pero nunca ha pasado desapercibido, lo que le ha dado un posicionamiento en el “top of mind” de las masas como ningún otro político había logrado por tantos años.
El pasado sábado nos despertamos con Donald Trump llamando a un programa de televisión de la cadena Fox informando con sorna, humor, sarcasmo y con aires de victoria, la noticia de que Estados Unidos tenía bajo custodia a Nicolás Maduro, que lo habían extraído de Venezuela con una operación militar quirúrgica y que se dirigía a la ciudad de Nueva York para ser juzgado.
Posteriormente, dio una rueda de prensa sobre ese particular acompañado de su secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Guerra, Pete Hegseth, aprovechando al máximo el escenario que diseñó para describir la operación como muy exitosa e histórica y, por supuesto, lucirse lo más posible.
De inmediato, aprovechó también el impacto de las redes sociales para generar tracción con memes y contenidos que fomentaron las interacciones, rompiendo por completo la formalidad de la cuenta de la Casa Blanca para postear contenidos que, más que informativos, cumplían un rol humorístico, provocativo y de sorna.
Todo ese manejo comunicacional cumple la estrategia de centrar la atención en él, de provocar emociones encontradas y generar debate para extender aún más la conversación en redes sobre el acontecimiento que sin dudas lo colocó como un héroe para los venezolanos.
Geopolítica
Desde el punto de vista del tablero geopolítico, la captura de Maduro por parte de Estados Unidos vende nuevamente la idea del poder supremo del gigante del norte. A la vez que evoca la grandeza de los norteamericanos en el hemisferio, evidenciando, cierto o no, que tiene control de su patio, anclado con el lema de “Make America Great Again” o “hacer a Estados Unidos grande otra vez”.
De igual modo, se anota un tanto en la comunidad latina producto de la admiración que ha generado la hazaña, y ni hablar de cómo el pueblo de la diáspora venezolana lo ha tomado, que ha asumido a Donald Trump como su salvador.
Sin embargo, la opinión sigue dividida en el electorado norteamericano, pues si bien es cierto que la mayoría de los republicanos apoyan la medida, los demócratas la desaprueban por igual, evidenciando la polarización que vive la sociedad norteamericana.
En definitiva, Donald Trump ha demostrado que en la política contemporánea el poder no solo se ejerce desde las instituciones, sino desde la narrativa. La captura de Maduro, más allá de sus implicaciones jurídicas o militares, confirma que Trump comprende mejor que nadie el valor estratégico de la atención, el impacto emocional y el simbolismo. En un mundo donde la percepción moldea la realidad política, Trump no solo juega el tablero geopolítico: lo domina desde la comunicación.
