AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. La designación de Francisco Oliverio Espaillat Bencosme como nuevo ministro de Agricultura no fue un simple cambio administrativo. Fue un mensaje político con mayúsculas. Con una sola firma, el presidente Luis Abinader desmontó el bastión de Hipólito en ese ministerio y dejó fuera a su hombre de confianza, Limber Cruz. Y en política, cuando te quitan tu ficha más visible, no es casualidad: es correlación de fuerzas.
Hipólito había convertido Agricultura en su territorio. Era su espacio de influencia, su cuota de poder, su área de maniobra dentro del Gobierno. Pero Andrés Bautista, desde el Ministerio Administrativo de la Presidencia, fue construyendo silenciosamente una ventaja que hoy se traduce en hechos: su línea se impuso.
Aquí no se trata de si Oliverio Espaillat es bueno o malo —eso lo dirá el tiempo—, sino de lo que significa el movimiento. En la práctica, el presidente dejó claro quién manda en la cocina política del Palacio y quién tiene hoy mayor capacidad de incidencia en las decisiones estratégicas.
Y ojo: Hipólito no es cualquier figura. Es expresidente, fundador del PRM, jefe de corriente y peso pesado en cualquier mesa. Que se le quite un ministerio clave sin pataletas públicas dice dos cosas: o midió fuerzas y perdió, o decidió tragarse el golpe para no dinamitar la casa desde dentro.
Mientras tanto, Andrés Bautista suma. Gana espacio, consolida autoridad y manda una señal clara a los demás grupos: su palabra pesa. En un partido donde las corrientes internas conviven con sonrisas diplomáticas y puñales guardados, este movimiento reordena el tablero.
¿Unidad? Sí. ¿Consenso? Tal vez. ¿Pulso político ganado? Sin duda.
Porque en política, como en el dominó, no siempre gana el que más grita… sino el que coloca la ficha en el momento exacto.
Y esta jugada, guste o no, fue de Andrés.
