El Dios que crucificó la verdad

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AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. 

Por Ramón Peralta

Cristóbal nació en un campo muy pobre, de calles polvorientas, donde la miseria convivía, casi sin pudor, con la belleza indómita de un mar que besaba la orilla con pasión. Allí, decenas de pescadores arrancaban al océano los peces que sostenían la vida de toda la comunidad. Sin embargo, Cristóbal soñaba con abandonar esa tierra, con buscar fortuna en horizontes lejanos; ansiando la riqueza en el exilio, el poder sin desarraigo, y cambiar su nombre por uno que le otorgara grandeza.

Una noche, atraído más por la presencia de la esposa del pastor que por la fe misma, entró en la iglesia del pueblo. Desde la penumbra del templo, observó el culto cristiano con una atención que no era devoción, sino cálculo. Allí descubrió, como quien encuentra oro en la arena, el poder de la palabra para influir, persuadir y, sobre todo, hacer negocios.

Con el paso de los días, Cristóbal fue descifrando la dinámica de la iglesia. En encuentros privados con la esposa del pastor, cargados de una intimidad que bordeaba lo prohibido, notó que, en los momentos de mayor deleite, ella lo llamaba “Cristo”, acompañado de frases que la decencia obliga a encubrir. Fue en uno de esos encuentros donde germinó la idea que cambiaría su destino: acortar su nombre y renacer bajo ese apelativo cargado de simbolismo y poder.

Se marchó lejos, dejando atrás el polvo y el mar, y se presentó en su nuevo entorno con cejas copiosas, mirada calculada y un nombre reinventado, y así nació su apodo emblemático de Cristo.

Su obsesión por la fama y el dinero lo llevó a internarse en un mundo que chocaba frontalmente con la religión. Sin embargo, como hábil manipulador de la verdad, aprendió a nadar en ambas aguas sin ahogarse en ninguna. Aunque comprendía el valor del silencio, los traumas de su pasado le impedían ejercerlo: hablaba como si tuviera dos bocas y un solo oído, reservado únicamente para escuchar halagos. Su necesidad de validación lo transformó en un mitómano incansable, siempre en competencia por la atención ajena.

Cristo no sentía compasión por sus feligreses. Su dureza de corazón le permitía exigir el diezmo con una firmeza disfrazada de dulzura, sin importar la precariedad de quienes lo entregaban. Era un obsesivo del control y jamás asumía culpas propias; además, encontraba siempre a quién responsabilizar, ya fueran sus cercanos o, en último recurso, sus propios padres. Desconfiaba de todos, incluso de aquellos que le servían con lealtad. No admitía errores; la crítica lo desmoronaba y le arrebataba la paz.

Cuando un socio o amigo cercano discrepaba de él, no buscaba el diálogo ni la razón. Sonreía de frente, pero en la sombra lo atacaba con palabras envenenadas, valiéndose de terceros. Y si se sentía contradicho, era capaz de infligir daño incluso a su mejor amigo, sin importar cuántas veces este le hubiera sido fiel. Nunca atacaba de frente: mientras hería en secreto, proclamaba en público un amor fraternal, casi paternal.

A pesar de su riqueza material, Cristo era un mendigo emocional. Necesitaba la validación constante de empleados y seguidores para sentirse vivo. Su estado de ánimo dependía de los likes en las redes sociales; los comentarios estaban bloqueados, excepto para los bots que lo elogiaban, y por eso se obsesionaba con grabar videos en los que fingía trabajar o ayudar al pueblo. En realidad, su vida se había convertido en un reality show cuidadosamente construido para sostener su frágil equilibrio emocional.

Lo quería todo. Aunque ostentaba el poder de la ciudad, envidiaba a quienes controlaban el partido político y se transformaba en un glotón de poder, incapaz de comprender que quien mucho abarca, poco aprieta. Vivía encadenado al pasado, atormentado porque otro llegó antes que él, obsesionado con destruir el legado de su antecesor. Como un hijo irresponsable, culpaba al gobernante anterior de sus propios fracasos.

Cada oportunidad era propicia para destilar veneno contra quienes mostraban más honestidad que él. El resentimiento y la amargura crecían a la par de su inversión en propaganda, pues mientras más recursos del pueblo destinaba a promover su imagen, mayor era el rechazo entre los cristianos que había traicionado y los militantes a quienes había engañado.

En una Semana Santa marcada por el resentimiento, tras el voto disidente de un antiguo aliado, Cristo juró no perdonar jamás. Movería cielo y tierra hasta verlo destituido, como si el poder fuese un instrumento de venganza y no de servicio.

El Cristo que negociaba con la fe y la política sentía pereza de hacer el bien, pero cuando se trataba de atacar, no escatimaba esfuerzo. Para la venganza era metódico, implacable y perseverante.

Cada servicio en su ciudad era un acto de doble intención: alimentar su ego nacido de un profundo complejo de inferioridad y engrosar sus finanzas. Su obsesión por la imagen y su ambición desmedida lo impulsaban a iniciar obras públicas que prometían grandeza, pero que terminaban siendo inútiles, ahogadas en las inundaciones del primer aguacero.

La mayor tragedia de aquel Cristo era su alergia a la verdad. La manipulaba, la ocultaba y pagaba por enterrarla bajo capas de propaganda. En su afán por esconderla, había construido una isla amurallada de opacidad, donde las evidencias de sus negocios sin ética permanecían en la sombra, lejos de la luz del sol. Llegó a creerse un dios capaz de crucificar la verdad y sellarla en una cueva con una roca eterna.

Tal vez esa verdad no resucitaría al tercer día. Pero en octubre de 2027, las fuerzas internas comenzarían a moverse, y sería alguien de su propio partido quien la devolvería a la vida, impidiéndole aspirar nuevamente al poder. Y si su partido cometiera el error de sostenerlo, entonces que se prepararan, porque en febrero el pueblo lo expulsaría, y sería otro partido quien resucitaría la verdad que aquel falso dios creyó haber enterrado para siempre.