La salida de Julissa Cruz Pichardo del INDOTEL todo indica que tendría en la mira una curul en el Congreso Nacional y seguir con el legado del poderío político de la familia Cruz Pichardo en la Circunscripción No. 01 de SDE

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AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. 

Por: José Paulino

En la política dominicana, pocas cosas son más constantes que la permanencia de ciertas familias en los espacios de poder. Esta realidad vuelve a ponerse sobre la mesa con la salida de Julissa Cruz Pichardo del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL) y su posible salto al escenario congresual en Santo Domingo Este.

Su reciente mensaje de despedida, cargado de gratitud y balance institucional, no solo marca el cierre de una etapa de 25 años en la administración pública, sino que también deja entrever el inicio de una nueva fase con aspiraciones que trascienden lo técnico y se adentran en lo político. No es casualidad. En política, los movimientos nunca son inocentes.

La figura de Julissa Cruz no surge en el vacío. Es parte de una estructura familiar con más de dos décadas de presencia en el Congreso Nacional. Desde el 2002, cuando el doctor Cruz Pichardo alcanzó una curul, pasando por la continuidad de la doctora Adalgisa Abreu durante tres períodos consecutivos, el apellido Cruz Pichardo ha logrado consolidar un dominio político sostenido en la circunscripción No. 1 de Santo Domingo Este.

Ahora, todo parece indicar que el relevo generacional está en marcha.

La eventual candidatura de Julissa Cruz por el Partido Revolucionario Moderno (PRM) en 2028 plantea un debate necesario: ¿se trata de una legítima continuidad basada en experiencia y formación, o de la perpetuación de un modelo político sustentado en el control familiar del poder?

No se puede negar que su trayectoria en INDOTEL le otorga credenciales importantes. Haber sido parte de los procesos de modernización, inclusión digital y desarrollo del sector telecomunicaciones en la República Dominicana le brinda una base técnica que muchos aspirantes carecen. En ese sentido, su perfil podría representar una combinación interesante entre tecnocracia y política.

Sin embargo, la democracia no solo se mide por capacidades individuales, sino también por la apertura del sistema a nuevos liderazgos. La permanencia de una misma familia durante más de 20 años en una misma posición electiva inevitablemente genera cuestionamientos sobre la equidad en la competencia política y las oportunidades para otros actores.

El caso de Santo Domingo Este es particularmente sensible. Se trata de uno de los municipios más poblados y dinámicos del país, donde las demandas sociales, económicas y de servicios públicos requieren respuestas innovadoras y representativas de una ciudadanía diversa.

La posible llegada de Julissa Cruz al Congreso podría interpretarse como la continuidad de una marca política ya posicionada. Pero también abre la interrogante sobre si esa continuidad responde a los mejores intereses de la colectividad o a la lógica interna de un proyecto familiar.

El electorado tendrá la última palabra.

De cara al 2028, el desafío no será solo para Julissa Cruz, sino también para el sistema político dominicano en su conjunto: demostrar que la democracia es capaz de equilibrar experiencia con renovación, tradición con apertura, y legado con mérito.

Porque al final, más que apellidos, lo que está en juego es la calidad de la representación.