AGENDA ORIENTAL, SANTO DOMINGO. Casi un centenar de personalidades de la República Dominicana, de diferentes áreas, llamaron a los pueblos de América, especialmente el dominicano, a ayudar al pueblo y la nación de Cuba a poner fin al “régimen totalitario” que gobierna este país caribeño.
El llamado está contenido en una “Proclama de los dominicanos a los cubanos” emitida con motivo de conmemorarse el 131 aniversario de la firma del “Manifiesto de Monte Cristi”, por parte de José Martí y Máximo Gómez, en la localidad dominicana del mismo nombre el 25 de marzo de 1895. En este documento los dos patriotas explicaron los motivos que tenían para organizar la guerra de la independencia de Cuba de 1895.
EL TEXTO
El texto de la proclama de las personalidades dominicanas es el siguiente:
«PROCLAMA DE LOS DOMINICANOS A LOS CUBANOS
En el espíritu de Montecristi y en respaldo al Acuerdo de Liberación de Cuba:
La nación cubana y su sufrido pueblo necesitan poner fin al régimen totalitario y fosilizado que los oprime desde hace décadas, y que ha entrado en su fase terminal. Es necesario que todos los pueblos de Las Américas —especialmente el dominicano— los apoyen en esa ardua tarea de verdad, justicia y solidaridad fraterna, para que ellos recuperen sus libertades en democracia, para que la soberanía nacional sea sostenida por la soberanía popular, la prosperidad venga de la mano de una profunda transformación productiva, y puedan encontrar la unidad y la reconciliación después de tanta discordia y negación de la cubanidad, identidad “de ese pedazo de la humanidad que nos queda más cerca”.
¡Cubanos!, hermanos de sangre, historia y destino: Hoy, desde esta tierra que le arrebató la libertad a una implacable dictadura de treinta años, desde la República Dominicana —cuna de héroes que soñaron con una patria libre y unida—, alzamos nuestra voz para decirles: ¡No están solos!
Antes de que se produzcan daños sociales y humanos mayores y difíciles de revertir, es preciso que ustedes emprendan el camino trazado en el Acuerdo de Liberación de Cuba —suscrito por los líderes de la Asamblea de la Resistencia Cubana y Pasos de Cambios— asumiéndolo como un punto de partida en la ruta hacia una transición tan difícil y compleja como absolutamente necesaria e impostergable, que deberá incorporar generosamente a muchos otros actores.
En una dramática etapa de la historia universal, cuando el mundo se dividió en dos poderosos bloques políticos, ideológicos y militares durante la Guerra Fría, la patria de Martí —la que contribuyó a fundar la espada gloriosa de Máximo Gómez y tantos dominicanos— quedó lamentablemente atrapada en las agudas contradicciones entre esas superpotencias y sus aliados tras la crisis de octubre de 1962 —la más peligrosa vivida por la humanidad—, quedando cubierta por los pactos protectores que consolidaron en el poder la llamada Revolución Cubana.
Las consecuencias de ese momento crítico para todo el continente fueron tremendas de muchas maneras. Pasada la fase inicial de siembra de ilusiones redentoras y el entusiasmo de las fementidas “victorias” del David contra Goliat, fue quedando claro que esa revolución —que prometió “el hombre nuevo” en una sociedad superior en marcha hacia un estadio más alto de la evolución humana— terminaría por ser una gran impostura, un régimen degradado y degradante de la condición humana, el último fracaso catastrófico del humanismo sin Dios. En lo adelante, ese régimen de pensamiento único y cerrado solo se mantendría a partir de la década de los años 90 con dura represión, adoctrinamiento e intimidación, estimulada o tolerada en buena medida por el cinismo, la indiferencia o la complicidad con que tanto los gobernantes de EE. UU. como la mayoría de los gobiernos de todo el hemisferio tratarán esa realidad dolorosa, despiadada, enconada, sin reparar en que sus consecuencias nefastas se proyectarán, con mayor o menor intensidad, sobre todas Las Américas, en especial sobre Venezuela y Nicaragua.
Tras el rapto eufórico de las élites globalistas de Occidente y el mundo, en ocasión del derrumbe incruento del campo socialista y la URSS, fugadas estas a la utopía de la creación del llamado Nuevo Orden Mundial bajo su hegemonía, no se supo o no se quiso aprovechar el luminoso y oportuno mensaje del Papa San Juan Pablo II: “Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo”, para dar paso a una transición hacia las libertades y la apertura hacia el pluralismo de una sociedad abierta y una economía productiva, así como al reconocimiento de la dignidad esencial de los opositores de dentro y de fuera.
Antes al contrario, se emprendería una etapa de lanzamiento del Socialismo del Siglo XXI, que nos traería a estos escenarios distópicos, polarizados, encanallados del presente, que convergen e interactúan en el contexto de un orden global que se derrumba progresivamente, en medio de una guerra mundial híbrida y de una aguda crisis de civilización a escala planetaria, en la que el imperio del crimen organizado transnacional, en extrañas alianzas con el fundamentalismo islámico y el totalitarismo transhumanista, amenaza de mil formas la condición humana.
En el nuevo orden internacional que va surgiendo, entre las estruendosas luchas de las superpotencias mundiales que reclaman sus áreas de influencia naturales, se perfila con claridad y firmeza el objetivo estratégico de crear un nuevo orden de relaciones panamericanas, con raíces culturales e históricas muy hondas y fuertes. En este nuevo orden se asocian estrechamente la seguridad continental con la cooperación y la inversión para el desarrollo en libertad y democracia, para cimentar verdaderas relaciones de alianzas y amistad, no de vasallaje ni de miedo.


